Un hombre y una mujer se lanzan en paracaídas sobre la selva de Tarzán y requieren la ayuda de éste: años antes, un niño se perdió y se supone que se ha convertido en un nuevo “tarzán”; ellos, reporteros del National Geographic, desean ir en su busca y devolverle a la civilización. Se internarán en la tierra de los zagundas, territorio prohibido, con el fin de ir en busca del chaval…

Dirección: Robert Gordon. Producción: Allfin A.G. para Paramount Pictures. Productores: Robert Day. Productores delegados: Sy Weintraub. Guion: Stephen Lord. Fotografía: Özen Sermet. Música: William Loose, Igo Kantor [sin acreditar]. Montaje: Reg Browne, Milton K. Mann. Dirección artística: Herbert Smith. FX: Gabriel Queiroz (efectos especiales). Intérpretes: Mike Henry (Tarzán), Rafer Johnson (Nagambi), Aliza Gur (Myrna), Steve Bond (Yakara/Erik), Ron Gans (Ken), Edward Johnson (Buhara), José Lewgoy (Djenda)… Nacionalidad y año: Estados Unidos 1968. Duración y datos técnicos: 96 min. color 2.35:1.

 

Tras el tono desvaído de las últimas cintas del personaje, la presente ofrecía un cierto atractivo en primera instancia, y sus planteamientos resultan prometedores para el aficionado…, hasta que comienza a ver la película y todo se hunde. La idea de ofrecer a un nuevo “tarzán” y rodearle de una mitología inédita resulta sumamente atrayente para un amante del personaje, una vez le ha quedado constancia que con los postulados actuales nuestro héroe poco puede ya aportar. Acaso la intención de los productores, si el fruto tenía éxito, fuese ofrecer nuevas aventuras de Yakara, el niño de los árboles, que es como lo llaman los indígenas. Sin embargo, en vista de los resultados, lógico es que la película careciera del más mínimo éxito, peso a los intentos un tanto renovadores por parte del guionista Steven Lord.

Con un excesivo metraje de 96 minutos (en su pase televisivo; súmensele tres minutos más si además se ve en salas de cine), posiblemente ésta sea la película de Tarzán que más insertos de animales incluye de toda la historia. A cada cambio de escena, al menos ocho o diez planos de animales (las aves que alzan el vuelo, el cocodrilo que se zambulle en el río, el rumiante que alza la vista y nos observa curioso, la jirafa que pasta con displicencia) son intercalados, y cada vez que Tarzán mira al horizonte, otros dos o tres planos más se nos ofrecen… Y así, a lo largo de toda la cinta. Por otro lado, mientras conduce Tarzán a los fotógrafos en busca del chaval, nuestro hombre de la jungla se ofrece como un rastreador pésimo, y es incapaz de distinguir el camino que ha tomado el muchacho, evidentemente, una vez más, para alargar metraje sin sentido.

Las menciones al peligro que supone internarse en territorio zagunda, además, apenas tienen confirmación: la fotógrafa del National Geographic deambula por la jungla como si pasease por la Quinta Avenida, y la alusión por parte de un indígena de acabar con Tarzán, dadas las costumbres tribales que no pueden ser violadas, tampoco es tomada muy en serio, y de inmediato el Rey de la Selva salvará la vida del salvaje con el fin de que éste deba echarse atrás en su promesa.

Sin embargo, una escena de la película posee una insólita fuerza, y presagia lo que podría haber resultado el film si sus creadores se hubiesen tomado un poco más de interés general: una climática batalla bajo la lluvia, que posee una tensión y una densidad de la cual carece el resto de la cinta, y que mantiene la expectación y el suspense como ninguna escena más es capaz a lo largo de todo el metraje. Y ello, inclusive, pese al intento de introducir un tímido elemento fantástico, algo totalmente ausente en esta etapa del personaje: cuando Tarzán se lanza al interior de un lago, será apresado por una almeja gigante; sólo hurgará unos instantes con su cuchillo entre las valvas del monstruo para que éste le pueda soltar y siga nuestro héroe nadando sin contratiempo.

Respecto a nuestro nuevo Tarzán, Yakara (o Erik, que ese es su nombre “civilizado”), se trata de un muchacho de trece años que va en compañía de un leopardo y un simio, y que habita cómodamente en una cueva oculta tras una cascada. Su comportamiento es similar al que podría haber tenido Tarzán a su edad, y hay que reconocer que el actor, Steve Bond, resulta positivo en su papel, sin aparecer como el típico niño repelente que más que nadie sabe, tan caro a tantas producciones cinematográficas.

Referir, sin embargo, que pese a la insulsez de su intérprete, a uno se le antoja Mike Henry de un físico muy similar al que ofrece el magistral dibujante Burne Hoggarth en su clásico cómic. Nuevamente es de lamentar que el actor sea de una mediocridad tan alarmante, máxime cuando nos ofrece su forzada sonrisa.

 

Anécdotas

  • Título en México: Tarzán y el muchacho de la selva.
  • Nagambi y Buhara fueron interpretados por los hermanos Rafer y Edward Johnson, ganadores de una medalla de oro olímpica de la vida real.
  • La película fue filmada durante el otoño de 1965 con Mike Henry experimentando tantos traumas (mordiscos por parte del chimpancé que hacía de Chita, infecciones, etc.) que en enero de 1966 abandonó la serie de cintas de Tarzán. El film se aparcó durante dos años para trabajar en la serie de televisión de 1966, así como en el lanzamiento de Tarzán en el Amazonas (Tarzan and the Great River, 1967), hasta que al fin se estrenó.
  • Aunque estrenada después, como se ha visto, la presente es la segunda cinta del ciclo Tarzán protagonizada por Mike Henry, comenzada con Tarzán 66 (Tarzan and the Valley of Gold, Robert Day, 1966) y finalizada con Tarzán en el Amazonas.
  • Estrenada en Estados Unidos el 1 de mayo de 1968. En España se estrenó en 1974, directamente en cines de barrio, sin que haya datos más precisos. En Barcelona se exhibió en enero de 1978, en programa doble con Lawrence de Arabia.

 

Carlos Díaz Maroto (Madrid. España)

 

CALIFICACIÓN: *

  • bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra