El doctor Cordelier, espantado por los impulsos sexuales no reprimidos en el ser humano, decide suprimirlos por medio de una fórmula que él mismo crea e ingiere. Pero ello hace que se transforme en Monsieur Opale, quien precisamente hace que sus impulsos sean desatados sin el menor control.

Dirección: Jean Renoir. Producción: Radio-Télévision Française, Société Financière de Radiodiffusion – Sofirad, Compagnie Jean Renoir. Gerente de producción: Albert Hollebeke. Guion: Jean Renoir, según la novela de Robert Louis Stevenson. Fotografía: Georges Leclerc. Música: Joseph Kosma. Montaje: Renée Lichtig. Decorados: Marcel-Louis Dieulot. Intérpretes: Jean-Louis Barrault (Dr. Cordelier / Opale), Teddy Bilis (maître Joly), Sylviane Margollé (niña), Jean Bertho (primer paseante), Jacques Ciron (segundo paseando), Annick Allières (vecina), Dominique Dangon (madre de la niña), Jean Topart (Désiré), Michel Vitold (doctor Séverin), Micheline Gary (Marguerite), Jacques Danoville (comisario Lardaut), André Certes (inspector Salbris), Jean-Pierre Granval (dueño del hotel), Céline Sales (primera muchacha), Jacqueline Morane (Alberte), Ghislaine Dumont (Suzy), Madeleine Marion (Juliette), Didier d’Yd (Georges),  Primerose Perret (Mary), Raymond Jourdan (enfermero), Jaque Catelain (embajador), Régine Blaess (esposa del embajador), Gaston Modot (Blaise), Jacqueline Frot (Camille), Monique Theffo (Annie), Claude Bourlon (Lise), Raymone (Mme des Essarts), Françoise Boyer (Françoise), Catherine Rouvel [en escenas descartadas], Bernard Fresson (extra), Jean Renoir (él mismo)… Nacionalidad y año: Francia 1959. Duración y datos técnicos: 95 min. B/N 1.37:1.

El testamento del Dr. Cordelier (Le testament du docteur Cordelier, 1959) supone una curiosa producción francesa efectuada, a priori, con destino a la televisión del país. El director fue Jean Renoir, que tres años atrás nos había aportado su film previo, Elena y los hombres (Elena et les hommes, 1956). Esta es la única película fantástica del director de la sublime El río (The River / Le fleuve, 1951), y ni siquiera puede ser considerada de terror: provocar escalofríos en el espectador no es precisamente su objetivo.

El arranque del film nos presenta al mismísimo Jean Renoir llegando a los estudios de la televisión francesa, donde procederá a contarnos la historia (él también es el guionista). Es decir, de esa manera hace destacar que se trata de una fábula, un relato narrado por un creador artístico. Aquí, los nombres de los personajes de la novela de Robert Louis Stevenson en que se basa han variado, como aconteció con el film de Friedrich Wilhelm Murnau Horror, o el extraño caso del doctor Jekyll (Der Januskopf, 1920), no tanto para esquivar la cuestión de derechos de autor como para ubicar a los protagonistas dentro de un entorno francés (y contemporáneo). Así, en lugar de doctor Jekyll y míster Hyde tenemos al doctor Cordelier y a Monsieur Opale. El primero es un científico, centrado en la psiquiatría, de aspecto maduro y noble, de níveos cabellos peinados hacia atrás y rasgos ascéticos. Monsieur Opale, por su parte, tiene el cabello negro, rizado e hirsuto, mejillas sobresalientes, entrecejo tupido y patillas horizontales (!), nariz prominente, es algo enjuto —las ropas de Cordelier le están grandes— y es explícitamente más joven. Camina con unos modales chulescos, con un tic que le hace respingar los hombros de continuo, o encoger la cabeza, como si fuese un pájaro —de hecho, tiene aspecto de pájaro de mal agüero, un cuervo tal vez, aunque también ofrece algo de simiesco, con esas manos peludas—, y se vale de un bastón para subrayar sus ademanes, además de utilizarlo para determinados fines perversos. La primera vez que lo vemos se cruza con una niña de unos diez años; después de pensárselo unos instantes, se vuelve hacia ella e intenta estrangularla, solo por el placer de hacerlo.

Podría decirse que aquí Opale/Hyde es un gamberro, si no fuese por lo malicioso de algunas de sus acciones. Mata a patadas a un hombre que le llama la atención porque está tosiendo; hay una ocasión en que intenta arrancar de los brazos de su madre a un tierno bebé; y cuando ve a un lisiado caminar con dos muletas no puede evitar patearlas para hacer caer al pobre hombre. Es interesante el hecho de que actúa por impulsos: ve algo, reflexiona unos instantes y pasa a la acción. En su apartamento guarda látigos, con los que sin duda azota a la prostituta que tiene como amante.

En cierta manera, la película, pese a los cambios ejercidos, es moderadamente fiel a la novela, incluida la estructura de flashback —la confesión de Cordelier llegará por medio de una, en aquel entonces, moderna cinta magnetofónica—, junto a la presencia del abogado amigo del protagonista, quien se pondrá al corriente de lo que acontece. El testamento del Dr. Cordelier es una adaptación modélica, que mantiene el espíritu de la obra original, y las líneas argumentales básicas, y al tiempo aporta una narración diferente, con un enfoque distinto. La tesis moral no aparece hasta el final de la cinta, y casi podría decirse que es el macgufin de la historia, y el resto es una intriga muy bien desarrollada, con cierto tono de encuesta policial, y en determinada manera recuerda a los filmes franceses de la época sobre el inspector Maigret protagonizados por Jean Gabin, en su mezcla de costumbrismo y elementos detectivescos.

Aquí, Cordelier/Jekyll será consciente de su dualidad, que en realidad es una única condición, escindida físicamente, mas no moralmente. «Soy un hipócrita», clama, «y mi apariencia de dignidad y de virtud es solo una mentira para disimular los más bajos instintos, la más abominable sed de perversión». Lo que el doctor trata de combatir no es tanto el mal como el impulso sexual; mientras mantiene relaciones con una criada, recibe la visita de una clienta, escandalizada porque su hijo, que aún no ha cumplido los dieciocho años, realiza precisamente esa misma actividad. Con remordimientos, Cordelier despedirá a la criada, e intentará “curar” al muchacho de su pulsión concupiscente. Cuando al fin Cordelier da con la fórmula química que libera la personalidad, el ente de Opale, este último se abandona a los vicios y perversiones que el doctor rehúye de manera hipócrita; cuando la conversión se invierte, y regresa Cordelier, este carece de contrición, de sentimiento alguno de culpa: es otro el que ha cometido todas esas acciones, no él. El doctor representa por tanto la hipocresía excelsa en persona, la falsedad social que muchos han de encarnar ante los demás; Cordelier está liberado de tener que mantener esa fachada, pues la fachada es el otro.

Renoir tiñe todo con cierto matiz irónico, guasón, que subraya la excelente música de Kosma. Opale representa el mal no por los impulsos sexuales de los que disfruta, sino por la desinhibición a la cual se abandona, con la cual todos los prejuicios morales colindantes también desaparecen. Disfruta haciendo sufrir a los demás, siente placer en el dolor ajeno, es un sádico, en definitiva. No tenemos en esta ocasión efectos ópticos para simular la transformación. Simplemente, con el cambio de plano acontece el hecho. Jean-Louis Barrault —que hace una interpretación extraordinaria, componiendo dos personajes opuestos del todo— cae al suelo, de espaldas, y cuando se pone en pie ya ha acontecido el cambio. El maquillaje resulta efectivo en su fealdad, en su anormalidad, y podría recordar un tanto al que exhibía el protagonista de la curiosa The Neanderthal Man [dvd: El hombre de las cavernas, 1953], de Ewald André Dupont. La película se produjo para aprovechar las facilidades respectivas que aportaban, unidas, las técnicas televisiva y cinematográfica  —se estrenó en la cadena de televisión francesa RTF el 16 de noviembre de 1961, y en cines del país al día siguiente—, y despertó las protestas tanto de un medio profesional como del otro, con denuncias de los sindicatos laborales, y la crítica la machacó. Cinco décadas más tarde está considerada una obra maestra.

 

Anécdotas

  • Títulos anglosajones: Experiment in Evil / The Doctor’s Horrible Experiment.
  • La película se proyectó en el Festival de Cine de Venecia de 1959, donde apenas despertó el entusiasmo de los periodistas.
  • El film fue uno de los «dramas» más caros de la RTF, aunque su presupuesto fue cinco veces menor que el coste medio de los largometrajes del cine francés.
  • La película se rodó en dos semanas en enero de 1959, con interiores en los estudios RFT en París; y exteriores en Marnes-la-Coquette, Pigalle, París.
  • La industria cinematográfica, que entonces desconfiaba de la competencia de la televisión, pidió a los distribuidores que boicotearan la película de Renoir, que también reprocharon por haberse beneficiado, a través de la televisión pública, de fondos estatales. Los sindicatos de profesionales de la televisión, por su parte, protestaron contra el hecho de que los técnicos de la RTF trabajaran en una película destinada a ser proyectada en la gran pantalla, a pesar de que les pagaban mucho menos que a sus compañeros de cine.
  • Frente a las múltiples oposiciones a las que fue sometido, el filme tuvo que esperar más de dos años antes de que pudiera mostrarse a un gran público. Durante el año 1961, la película fue lanzada en Suiza e Italia; a partir de junio, también podría proyectarse en los cines franceses, pero solo en los de la provincia. No fue hasta noviembre del mismo año que finalmente se emitió en televisión.
  • Estrenada en Francia, en cines parisinos, el 17 de noviembre de 1961, y en España, también en cines, el 6 de enero de 1964.

 

Carlos Díaz Maroto (Madrid. España)

 

CALIFICACIÓN: *****

  • bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra