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Título original: The War of the Worlds

Nacionalidad y año: Estados Unidos 1953

Dirección: Byron Haskin

Intérpretes: Gene Barry (Dr. Clayton Forrester), Ann Robinson (Sylvia Van Buren), Les Tremayne (general mayor Mann), Robert Cornthwaite (Dr. Pryor), Sandro Giglio (Dr. Bilderbeck), Lewis Martin (padre Dr. Matthew Collins), Houseley Stevenson Jr. (ayudante de Mann), Paul Frees (segundo reportero de radio / anunciante inicial), William Phipps (Wash Perry), Vernon Rich (coronel Ralph Heffner), Henry Brandon (policía en accidente), Jack Kruschen (Salvatore), Cedric Hardwicke (narrador), Edgar Barrier (professor McPherson), Russ Bender (Dr. Carmichael), Paul Birch (Alonzo Hogue), Ann Codee, Edward Colmans, Russ Conway, Alex Frazer, Charles Gemora, Frank Kreig, Alvy Moore, Walter Sande, Joe Gray, Anthony Warde…

Productor: George Pal

Productor asociado: Frank Freeman Jr.

Productor ejecutivo: Cecil B. DeMille [sin acreditar]

Guion: Barré Lyndon, según la novela de H. G. Wells
Fotografía: George Barnes
Música: Leith Stevens

Montaje: Everett Douglas

Dirección artística: Hal Pereira, Albert Nozaki

Efectos especiales: Ivyl Burks, Jan Domela, Gordon Jennings, W. Wallace Kelley, Paul K. Lerpae, Irmin Roberts (efectos fotográficos), Marcel Delgado (miniaturas), Jan Domela (pinturas matte), Charles Gemora, Diana Gemora (caracterización de los marcianos), Albert Nozaki (diseño de las naves)

Duración: 85 minutos.

Color – 1.37:1 –PARAMOUNT PICTURES

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Argumento

En una pequeña localidad de California cae un extraño objeto celeste que se supone es un meteorito. Pronto, sin embargo, en otros lugares del mundo caen muchos más objetos similares. Cuando los habitantes del pueblo californiano se aproximan al lugar de aterrizaje, un campo de las afueras, comprobarán cómo en realidad se trata de una nave extraterrestre que comienza a atacar a los concurrentes. Los marcianos han llegado y han comenzado la invasión…

 

Una novela esencial

En los últimos años del siglo diecinueve nadie habría creído que los asuntos humanos eran observados aguda y atentamente por inteligencias más desarrolladas que la del hombre y, sin embargo, tan mortales como él; que mientras los hombres se ocupaban de sus cosas eran estudiados quizá tan a fondo como el sabio estudia a través del microscopio las pasajeras criaturas que se agitan y multiplican en una gota de agua.

H. G. Wells: La guerra de los mundos (1898)

 

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Siempre que se habla de los “padres de la ciencia ficción”, salen ineludiblemente los nombres de Jules Verne y Herbert George Wells. Wells (1866-1946) fue, muy posiblemente, precursor de temáticas clave del género como los viajes en el tiempo ―La máquina del tiempo (The Time Machine, 1895)―, las manipulaciones genéticas ◊La isla del dr. Moreau (The Island of Doctor Moreau, 1896)―, la invisibilidad ―El hombre invisible (The Invisible Man, 1897)―… o las invasiones extraterrestres.

El inglés Wells, un utopista liberal, publicó en 1898 La guerra de los mundos (The War of the Worlds)[1], que se ha interpretado como una alegoría sobre el imperialismo británico, así como sobre los miedos y prejuicios de la Inglaterra victoriana del momento. Aún no existiendo por esa época la denominación “ciencia ficción”, fue calificada como un “romance científico”.

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El 2 de agosto de 1894, en el número 50 de la revista Nature, se publicó un artículo acerca de una “extraña luz” vista en el sur de Marte por parte de M. Javelle; se especuló que esa luz eran señales por parte de los marcianos dirigidas a nosotros. Wells leyó ese artículo y le inspiró para, el 4 de abril de 1896, escribir un breve artículo titulado “Intelligence on Mars”, donde especulaba las posibilidades de vida en el planeta rojo con respecto a los conocimientos científicos de la época. De ahí a La guerra de los mundos solo había un paso. En todo caso, ese paso lo dio el hermano del escritor, quien, durante un paseo por Woking, en Surrey, le comentó que qué sucedería si de pronto seres extraterrestres descendieran en ese momento y su pusieran a disparar sobre los vecinos. De hecho, gran parte de la novela se desarrolla en los alrededores de esa localidad, a donde el autor se había trasladado a vivir junto a su segunda esposa, Catherine Robbins.

La novela se publicó serializada en Pearson’s Magazine en 1897 y adoptó formato de libro en 1898 por parte de William Heinemann. En España la primera edición fue en 1902, en la Biblioteca de El Imparcial, con traducción de Ramiro de Maeztu. Desde entonces, ha gozado de infinitas ediciones[2].

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Un largo proyecto

En 1925 la Paramount compró los derechos de la novela de Wells, con el fin de que el mítico Cecil B. DeMille dirigiese una película. A principios de la década de los treinta parece ser que Alfred Hitchcock también habló con Wells con intenciones de realizar una adaptación, con destino a la Gaumont-British. Otros directores envueltos en un posible proyecto fueron el ruso S. M. Eisenstein (El acorazado Potemkin, Iván el terrible), bajo contrato con la Paramount en la época, o el británico de origen húngaro Alexander Korda. También, cuando Orson Welles fue tentado a pasarse a dirigir cine, una de las ideas que se le propusieron fue una adaptación de la novela, en vista de su exitosa versión radiofónica, pero el autor de Ciudadano Kane lo desechó. Al fin, en julio de 1951, la productora montañosa asignó el proyecto a George Pal.

George Pal (1908-1980), también de origen húngaro, se inició en el campo de la animación de muñecos por stop-motion, y fue creador de los míticos Puppetoons, cortos que producía con destino a la Paramount, que fueron ganadores de diversos Oscars, y donde trabajaron maestros de la técnica como Willis O’Brien (King Kong) o Ray Harryhausen (Simbad y la princesa, Furia de titanes). Pal decidió dar el salto al largometraje como productor de The Great Rupert (1950), dirigida por Irving Pichel, comedia familiar fantástica con Jimmy Durante y su familia auxiliados por una encantadora ardilla (realizada por animación). Sin embargo, ese mismo año decidió producir una película de ciencia ficción, género que en esa década descollaría hasta adquirir rango de fenómeno sociológico. De nuevo con Pichel en la dirección, Con destino a la Luna (Destination Moon, 1950) intentaba ser una crónica lo más realista posible de un vuelo a nuestro satélite, para cuyo guion se contrató al escritor de ciencia ficción Robert A. Heinlein (Tropas del espacio). El éxito fue grande, así pues de inmediato Pal se centró en abordar masivamente el género. En 1951 produjo Cuando los mundos chocan (When the Worlds Collide), de Rudolph Maté, a partir de la novela de Philip Wylie y Edwin Balmer. El siguiente proyecto sería La guerra de los mundos.

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Pal quería centrar la historia en el científico protagonista en busca de su esposa durante el ataque, como en la novela, pero la compañía le instó a volcarse en una típica historia de amor. Durante un tiempo se especuló en rodar el último tercio del film, a partir de la fallida explosión atómica, en 3D, pero motivos económicos lo desecharon. Las naves marcianas no son los típicos trípodes de la novela, sino estilizados platillos volantes inspirados en la manta raya. Para ello se construyeron tres vehículos de cobre de 1,15 metros, con un peso de catorce quilos, sostenidos por cables, que portaban luces incandescentes y de neón, con dos motores internos que controlaban el apéndice explorador a modo de serpiente que brotaba de las naves.

Como se ha visto, Cecil B. DeMille estuvo envuelto inicialmente en el proyecto, en la época del cine mudo. De hecho, a la hora de ponerse con la producción la compañía averiguó que solo tenía los derechos para una versión silente, pero rápidamente se logró solventar el problema. DeMille se apartó pronto del proyecto presente, dejando todo en manos de Pal, aunque se pensó en que él hiciese la narración, hasta que esta recayó en Sir Cedric Hardwicke. Como protagonista se pensó en Lee Marvin, pero finalmente se contrató a Gene Barry, en la que sería su tercera película tras debutar con El FBI entra en acción (The Atomic City, 1952), de Jerry Hopper, y después de haber trabajado previamente en televisión. Su partenaire femenina fue Ann Robinson. Ambos aparecerían después en la versión de Spielberg interpretando en un breve cameo al final del film a los suegros de Tom Cruise.

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Hangover Square (1945)

El guionista elegido fue Barré Lyndon. Tan literario seudónimo ocultaba a Alfred Edgar (1896-1972), autor teatral y guionista cinematográfico inglés. Para las tablas es famoso por The Man in Half Moon Street, un drama sobre un científico que descubre un suero que prolonga su vida, y que se adaptaría al cine en 1945 y en 1959. En los cuarenta escribió el espléndido díptico criminal dirigido por John Brahm Jack el Destripador (The Lodger, 1944) y Concierto macabro (Hangover Square, 1945), y justo antes de la presente había co-escrito para DeMille El mayor espectáculo del mundo (The Greatest Show on Earth, 1952).

 

Los marcianos invaden la Tierra

La versión cinematográfica de La guerra de los mundos de los cincuenta del pasado siglo, en cierta manera, sigue un tanto los postulados de la adaptación que realizó Orson Welles el 30 de octubre de 1938 para el Mercury Theater on the Air radiofónico de la CBS, en su intento de actualizar y contextualizar la situación con la sociedad del momento. La obra de Welles se ambientaba en 1939 en la localidad de Grover’s Mill, Nueva Jersey; aquí, la trama se centra en la actualidad del momento y arranca en un pequeño entorno californiano. Traslación muy acertada, porque si la versión radiofónica surgió en un momento tenso de la historia, con la Segunda Guerra Mundial aleteando en el ambiente, los años cincuenta eran también una etapa muy específica para el pueblo norteamericano, inmerso en una tan abstracta como, al tiempo, real Guerra Fría contra el invasor comunista. En 1950 estallaba la guerra con Corea, y ese mismo año, en febrero, el tristemente famoso senador Joseph McCarthy manifestaba que el departamento de Estado era un nido de infiltrados comunistas. La cosa estaba candente, y el pueblo estadounidense temía una invasión roja: ¿qué mejor momento para plantear una conquista desde el Planeta Rojo?

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La guerra de los mundos es un sólido ejemplar cinematográfico donde la histeria del momento se ve magníficamente reflejada, casi una metáfora de aquellos tiempos. Los marcianos eran la abstracción de ese peligro comunista al que hacíamos referencia, y otro peligro, el atómico, también estará presente en el desarrollo de la cinta: los marcianos vienen en naves que desprenden radiactividad, y cuando el armamento tradicional no hace mella en la flota extraterrestre, se recurre a una bomba atómica que supone una exacta réplica al ataque que efectuaron los estadounidenses contra Hiroshima y Nagasaki; solo que aquí la ofensiva no tiene éxito, y los invasores prosiguen el avance.

El que una película de estas características pues, glorifique al ejército, y lo muestre como la única defensa posible ante un peligro más o menos cierto, es algo perfectamente comprensible. Solo que esta vez tampoco el ejército sirve. Para ello se recurre a la trama de la novela, pero con una peculiar variación, que al ateo Wells nunca se le hubiera ocurrido: el último reducto de la Humanidad se halla guarecido en las iglesias, donde reza a un Dios que parece haberlos olvidado, con el objetivo de que produzca el fin de aquel horror que se ha abatido sobre Su pueblo; en ese instante, las naves marcianas caen a tierra y sucumben ante la acción de otro ejército, este invisible: las bacterias que desde eones habitan entre nosotros y a las que somos inmunes, pero contra las cuales la sangre marciana no tiene defensas.

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Tan prístina parábola del miedo informe que entonces moraba entre los norteamericanos se ve servida con sobriedad inmediata por un artesano aplicado e industrioso, Byron Haskin (1899-1984). Haskin se olvida de peligros abstractos y los convierte en reales, filmando la película, por una parte, como si de un film bélico se tratara, con escenas de batallas impresionantes y de un realismo atroz. Los momentos intimistas, por el contrario, los rueda con un tratamiento de film de misterio, casi de terror, donde son míticos los momentos en los cuales Gene Barry y Ann Robinson se ven acechados en la granja por, primero, el gran ojo marciano y, después, por un representante vivo del Planeta Rojo.

En los momentos finales, cuando la esperanza parece perdida, Gene Barry va en busca de su prometida de iglesia en iglesia –pues un trauma infantil logró consuelo en el soportal de una parroquia–. Los supervivientes heridos hallan confort entre los bancos derrumbados del edificio religioso, los amantes se reúnen, mientras un sacerdote reza por la salvación; el magistral technicolor de George Barnes ofrece en esos instantes una iluminación expresionista, jugando con las sombras de un modo asombroso; los claroscuros ensombrecen los rostros de los personajes torturados, y en unos momentos increíbles se muestran las vidrieras religiosas iluminadas por el resplandor de los cañones marcianos. Todo, pues, no es tan nítido como parece: ni el ejército es la salvación que semeja, ni la iglesia supone el solaz que aparenta.

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La novela de Wells, por supuesto, se ve variada en distintos aspectos. El más obvio supone la incorporación de la chica a la trama, si bien cabe señalar que, al contrario que en muchas ocasiones, aquí no chirría ni molesta en absoluto. Los marcianos apenas son mostrados, por un lado, para inferirles de un grado de misterio, por otro, por evidentes cuestiones de censura –la acción depredadora de los invasores es detallada con exactitud por el autor de El hombre invisible–. Hay que señalar, sin embargo, que la película supone una gran producción para la época –dentro de los cánones misérrimos que se otorgaban al género de ciencia ficción–, y los efectos especiales son de una calidad espléndida, percibiéndose que el presupuesto ha sido gastado, principalmente, en conseguir un alto logro de los mismos (el 70 % del presupuesto, de hecho, se destinó a los mismos), empleándose, por ejemplo, característicos y muy convincentes actores de serie B procedentes de los wésterns de la época. Pero el cambio más palmario supone la sustitución de la segunda parte de la novela, que representa casi una reflexión interiorizadora de carácter socio-político por nuevas incidencias de temple más espectacular: los marcianos siguen abatiendo la ciudad, los supervivientes se dedican al saqueo, y los amantes van en busca el uno del otro: había que contentar al gran público; solo que eso se hace con materiales de primer orden.

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Otras adaptaciones

En los ochenta hubo una pésima serie televisiva, muy característica del medio catódico de la época, y que suponía una teórica secuela del presente filme, La guerra de los mundos II: la nueva generación (War of the Worlds; 1988-1990), con 43 episodios en dos temporadas. Más adelante, Steven Spielberg dirigió una célebre y espléndida versión en 2005, La guerra de los mundos (War of the Worlds), donde volvía a actualizar la historia, convirtiéndola en una alegoría sobre el terrorismo y la integraba dentro de una familia desestructurada tan habitual en su filmografía, con un esforzado Tom Cruise que queda al final desvinculado de la misma, tal como el Ethan Edwards de Centauros del desierto (The Searchers, 1956), de John Ford.

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Libre de derechos la novela, cuando se anunció la versión de Spielberg rápidamente se rodaron otras dos más, con igual título original, aparecidas el mismo año y directas a DVD. La primera, dirigida por Timothy Hines, de tres horas de duración (aunque ha tiene un remontaje abreviándola, a una duración estándar, con el título War of the Worlds. The True Story) y se ambienta en la época y entorno de la novela. La segunda, obra de David Michael Latt, es una barata producción de la chocarrera Asylum, protagonizada por C. Thomas Howell, quien dirigiría (y volvería a interpretar) la secuela, War of the Worlds 2: The Next Wave (2008).

war_of_the_worlds_bbc.jpg_423682103Pero un poco antes, en 2007, tendríamos la extraña War of the Servers, una cinta de animación que traslada el planteamiento de la novela al mundo de los videojuegos, y que también se inspiraba en la versión musical de Jeff Wayne. Dirigida por Robert Stoneman, tuvo una distribución muy limitada. Otra cinta de animación es Guerra de los mundos: Goliath (War of the Worlds: Goliath, 2012), de Joe Pierson, y supone una secuela a la novela, ambientada en 1915 y con estética steampunk. Y aunque no existan muchos datos acerca de ella, también parece ser una versión animada War of the Worlds (2013), de Christopher H. Baum, quien además sirve de narrador.

En 2019 coincidieron en televisión dos series adaptando de nuevo la novela. Por un lado, tenemos una producción británica de la BBC, en tres episodios, ambientada más o menos por la época de la obra original, y que introduce en medio una historia de amor que intenta plasmar el movimiento de liberación feminista coincidente con aquel tiempo. Con dirección de Craig Viveiros ―quien, con anterioridad, dirigió aproximaciones a Diez negritos y El estrangulador de Rillington Place―, ofrece al actor Robert Carlyle en el cometido del profesor Ogilvy. La otra adaptación es de origen norteamericano ―en colaboración también con Francia y el Reino Unido―, con destino a la cadena Fox, y se estructura en ocho episodios. El creador de esta es Howard Overman ―responsable de la ridícula Future Man―, se ambienta en la Francia contemporánea y se estructura un tanto al estilo de Walking Dead, con el grupo de supervivientes intentando hacer frente al peligro. En su reparto tenemos a Gabriel Byrne y Elizabeth McGovern. Ambas series responden al obvio título de La guerra de los mundos (War of the Worlds).

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Carlos Díaz Maroto

NOTAS:

[1] En 1892 se publicó The Germ Growers [Los productores de gérmenes]. En la obra se describe la invasión de la Tierra por parte de extraterrestres que adquieren forma humana, y que intentan esparcir una enfermedad mortal para lograr sus fines. Como autores se adjudicaba a Robert Easterley y John Wilbraham, en realidad los protagonistas de la historia, siendo su auténtico autor un clérigo australiano, Robert Potter (1831-1908).

[2] Véase La guerra de los mundos; por Herbert George Wells; traducción, Ramiro de Maeztu; presentación y apéndice, Ana Conejo; ilustración, Enrique Flores. Madrid: Anaya, 2004. Colección: Tus Libros; nº 45.