Hace unos meses me propuse volver a Julio Verne, y para ello elaboré un listado de obras con la ayuda de Perplexity. La primera vez que consulté a la IA le pedí diez títulos; de antemano sabía que estarían copados por los más conocidos, los que precisamente había leído en mi infancia y adolescencia. Casi todo sería relectura. Al final, entre una cosa y otra, me planté en treinta y cinco. Había tantos títulos que me sonaban y atraían de siempre que no pude resistirme. Tuve una veintena de números de la mítica colección azul de Orbis, aunque no les había metido mano en su día.

Considero que es una buena muestra de los Viajes Extraordinarios, ordenados además cronológicamente para su lectura. No sé muy bien cuál es mi propósito, pero me apetecía embarcarme en un proyecto así: a ver qué Verne me encontraba después de tantos años, o bien a qué lector se enfrentaba el escritor francés. Pudiera ser que me decepcionara el recuerdo que de él conservaba; me preguntaba qué tipo de escritor sería, si uno de ciencia ficción adulta o no más que un pasapáginas juvenil. Si sería más Wells que Salgari. En suma, si merecería la pena el reencuentro.

Hasta el momento llevo diez leídos (entre los más populares y emblemáticos, que coinciden con las primeras publicaciones por parte de Hetzel) y doscientas páginas del undécimo: La isla misteriosa (L’île mystérieuse, 1888) —que por cierto incluye el mejor deux ex machina de la historia—. Por ello creo que a estas alturas se puede efectuar algún análisis, aunque sea a la manera de simple lector poco docto en la materia.

La isla misteriosa narra cómo unos singulares náufragos (no viajaban en barco, sino en globo) tratan de sobrevivir en un entorno hostil y lejano aplicando todo el saber del ingeniero protagonista. Y de repente, en medio de esas maquinaciones científicas, saltó la conexión: «Estoy leyendo El marciano (The Martian, 2011), de Andy Weir».

En su momento, cuando leí El marciano, no llegué a esta conclusión. Ni se me pasó por la cabeza, porque no estaba imbuido de tanto Verne como estoy ahora. Pero a posteriori lo tengo clarísimo.

Así que Verne podría haber escrito El marciano de haber vivido en este siglo. Solo que la novela de Weir es ciencia ficción, mientras que La isla misteriosa es ficción con ciencia. Como un nutrido grupo de la obra de Verne, de hecho. Es más, de lo que llevo leído hasta ahora, quizá extrapolable al resto de su producción, buena parte se ajusta a esta definición de ficción con ciencia.

Catalogable como ciencia ficción diría que es el binomio De la Tierra a la Luna (De la Terre à la Lune Trajet direct en 97 heures, 1865) y Alrededor de la Luna (Autour de la Lune, 1869-1870) —dándose entre ambas, por cierto, el mayor cliffhanger de la historia—. ¿Lo sería también Veinte mil leguas de viaje submarino (Vingt mille lieues sous les mers, 1869-1870)? Ateniéndonos a que se publicó entre 1869 y 1870, unos lustros antes de que Peral botara su submarino torpedero en San Fernando (1888), pareciera que sí, pero la realidad es que el también español Monturiol había botado ya antes, en 1859 en Barcelona, su ingenio subacuático autónomo y tripulado. Y ya en el siglo XVII se había construido un prototipo neerlandés. Pero la exploración bajo el mar, creo, no se había desarrollado aún. Así que nos inclinamos por catalogar la historia del Nautilus y Nemo como ciencia ficción, con matices.

Respecto al resto de su producción, son indudablemente cifi, o al menos tienen componentes de anticipación, Héctor Servadac (Hector Servadac. Voyages et aventures à travers le monde solaire, 1877), Los quinientos millones de la Begún (Les cinq cents millions de la Bégum, 1879), Robur el conquistador (Robur le Conquérant, 1886), El castillo de los Cárpatos (Le château des Carpathes, 1892) o La isla de hélice (L’île à hélice, 1895).

¿Le da esto para ser considerado padre o precursor de la ciencia ficción? Por supuesto. Pero lo que a mí me está llamando la atención en este proyecto lector es la menos considerada faceta de Verne como divulgador científico, enciclopédico.

Porque no es tanto que vaticine o invente adelantándose al futuro, como que se sirva en sus narraciones de los conocimientos de la época para fortalecer la narración. A veces incluso la narración es casi una excusa para hablar de ciencia, como precisamente se da en el caso del binomio antes mencionado. De la Tierra a la Luna es un compendio de fórmulas, cálculos y datos en el que de vez en cuando aparece la trama. Una decepción narrativa, sinceramente, pero supongo que desbordaba sentido de la maravilla para sus coetáneos.

En Cinco semanas en globo (Cinq semaines en ballon. Voyages de découvertes en Afrique par trois anglais. Rédigé sur les notes du docteur Fergusson, 1863), inicio de los Viajes Extraordinarios, la aventura está llena de elementos geográficos y zoo botánicos que sitúan al lector en la ambientación exótica. (Y ahora que aparece por primera vez el término aventura, debo destacar que ese es el catalizador de la obra de Verne: la aventura. Una vez dije que, en realidad, todas las historias son de aventuras, y esto es esencialmente así en el francés). Elementos geográficos y zoo botánicos, decía, y es lo mismo o incluso superior en Los hijos del capitán Grant (Les enfants du Capitaine Grant, 1865-1867) o Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África austral (Aventures de trois Russes et de trois Anglais dans l’Afrique australe, 1871-1872). Se trata de ciencia apegada a la realidad, no a una elucubración futurista, aunque sea una realidad ficcionada. Astronomía, trigonometría, botánica, balística, zoología, mineralogía, antropología, dinámica de fluidos, química, física… Cualquier rama científica sirve al propósito divulgador.

En unas décadas en las que las potencias occidentales estaban ampliando el mundo conocido, tanto literalmente como a través de los inventos de la época, Verne llena sus escritos de los avances y conocimientos alcanzados hasta entonces. Cuando se pone así, es más Sagan que Bradbury. En este sentido dan ganas de decir que es un escritor realista. Ejemplo maximizado es Veinte mil leguas de viaje submarino, del que he de decir que me he saltado párrafos y párrafos dedicados a describir la fauna subacuática. Insufrible actualmente. Fascinante quizá para el lector de aquella época, que no tenía otro modo de conocer y trasladarse a otras realidades novedosas.

De Viaje al centro de la Tierra (Voyage au centre de la Terre, 1864) podría decirse otro tanto: está plagada de referencias científicas. Aunque admito que imaginarse una tierra hueca tiene su aquel. Incluso la aventura pura de Hatteras se fundamenta en el afán cartográfico y viajero del momento. Y para viajes, los de Phileas Fogg, mediante los que se exponen los avances tecnológicos que permitían circunvalar el globo en tan poco plazo (sic).

En ninguna de estas últimas obras, al igual que en La jangada (La jangada. Huit cents lieues sur l’Amazone, 1881), La esfinge de los hielos (Le sphinx des glaces, 1897) o El soberbio Orinoco (Le superbe Orénoque, 1898), hay una mirada al futuro, sino una exposición de logros contemporáneos, o ficciones basadas en ellos. Es la aplicación novelada de la influencia de las sociedades científicas tan en boga en tiempos de Verne. Este Verne no inventa mundos, muestra el que hay. El que había, según nuestro punto de vista.

Así pues, su cualidad como visionario me parece merecida y fuera de toda duda, pero no podemos circunscribir a Verne a ella. Más cuando también se dedica de modo tan exhaustivo a describir su presente, hecho que pretendo destacar con este artículo. Y sin olvidar este otro Verne más oscuro, cruel y humanista que aparece en Aventuras del capitán Hatteras (Voyages et aventures du capitaine Hatteras, 1864-1865) o El «Chancellor» (Le Chancellor, 1875), y que por el momento está entre mis favoritos.

Sin embargo, a pesar de afirmar, con cierto riesgo, que Verne no inventa mundos, considero, por lo que llevo leído, por lo extenso y variado de su producción, y lo que auguro del resto seleccionado, que es el escritor más imaginativo que conozco.

Antonio González Mesa